jueves, 2 de enero de 2014

Nostalgia Humana y Nostalgia de Dios



Lo más profundamente humano: dos visiones en contraste sobre la nostalgia



En una conferencia dada en Varsovia el 9 de Abril de 2011, Leo Darroch, ex Presidente de la Federación Internacional de Una Voce tenía algo como esto para decir:


"¿Y qué es esto que atrae a tantos jóvenes a la Liturgia Tradicional de la Iglesia? Nostalgia no puede ser: ellos nunca experimentaron la Liturgia anterior a 1962. ¿Y por qué no están conformes con la nueva liturgia que se supone tan especialmente atractiva para los jóvenes (participación activa, liturgias creativas, música moderna, danzas)? ¿No es eso todo lo que los jóvenes quieren? Queda claro que no lo es. La Misa moderna, tal como se les ha presentado en las décadas recientes los ha alejado de la Iglesia. En la preparación para esta conferencia he consultado a todos los miembros de la Federación y también a aquellos grupos nuevos que me contactaron. Los comentarios que recibí, especialmente de los líderes jóvenes de los nuevos grupos formados en todas partes del mundo, revelan una sed por la verdad, por la dignidad y la reverencia en el culto, por algo trascendente.”


Ciertamente, la vieja guardia del “Espíritu del Vaticano II” acusa a los tradicionalistas de hundirse en una especie de nostalgia, al punto que el Padre Richard McBrien se vio en grandes apuros al intentar explicar cómo es posible que los católicos jóvenes, que no crecieron asistiendo a la Misa en latín, (y que en realidad nacieron mucho después de que esta casi desapareciera) hoy se acercan en grandes cantidades a ella, encantados, y pasándola a sus hijos. ¡Que alguien sienta “nostalgia” por algo que jamás podría recordar es algo que solo puede tacharse de absurdo y categóricamente ilógico!

En una entrevista al National Catholic Reporter, el Arzobispo Piero Marini insólitamente comparaba a estos nostálgicos con los judíos, que luego de ser liberados del cautiverio bajo el Faraón y su malévolo imperio, extrañaban los carnales placeres de Egipto:

"Antes que nada es importante que me refiera a este sendero [de reforma litúrgica], que sostengo es irreversible. Con frecuencia pienso acerca del viaje de los israelitas del Antiguo Testamento. Era un viaje difícil, y en ocasiones el pueblo sentía nostalgia por el pasado, por las cebollas y melones de Egipto y demás. En otras palabras: a veces querían regresar. Pero el viaje histórico de la Iglesia es uno en el que por necesidad debe ir hacia delante”

Su Excelencia se siente intrigado al ver tanta gente joven atraída por las viejas formas de la Liturgia, ¿Cómo puede ser? Y comparte su razonamiento:

"Veo una cierta nostalgia por el pasado. Lo que más me preocupa es que esta nostalgia parece especialmente fuerte entre algunos sacerdotes jóvenes. ¿Cómo es posible sentir nostalgia por una era que no experimentaron?...Siempre me sorprende ver jóvenes que sienten nostalgia por algo con lo que nunca vivieron. “¿Nostalgia por qué?”, eso es lo que me pregunto"


En realidad, estamos asistiendo, gracias a la Summorum Pontificum, a los primeros frutos de una largamente demorada renovación litúrgica genuina, y a la re-introducción de la doctrina tradicional y su práctica a lo largo y ancho de la Iglesia. Los jóvenes católicos que toman seriamente su fe, están simplemente haciendo eso: tomándosela seriamente. Como recibida, no manufacturada; como intemporal, no como algo actualizado. Han conseguido ver que la Misa no es un experimento de “hágalo usted mismo”: sino el verdadero Sacrificio del Calvario revivido entre nosotros, en una forma sagrada que nos fue dada y que tiene no solamente su propia realidad santa, sino también la realidad santificada de la comunión de los santos. La reacción de cualquier creyente sano es la de caer de rodillas en agradecida adoración junto con las generaciones pasadas y las que están por venir.



 Entender la nostalgia de una manera más profunda

Las personas que se refieren al término “nostalgia”, lo hacen comúnmente en el mismo sentido en que a ella se refieren Darroch, McBrien o Marini. Podríamos llamar a esto el sentido convencional del término, que muchas veces lleva ínsita una connotación peyorativa. Pero me parece que quizás nuestra convención pueda ser demasiado simplista y que la nostalgia debería ser de algún modo rehabilitada como un positivo y bello fenómeno humano.


Un filósofo como Karol Wojtyla consideraba a la nostalgia como una de las características mas distintivas del hombre, un signo de nuestra percepción de trascender el momento presente:

"Nos has hecho, Señor, para ti e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en ti» (San Agustín). En esta inquietud creadora bate y pulsa lo que es más profundamente humano: la búsqueda de la verdad, la insaciable necesidad del bien, el hambre de la libertad, la nostalgia de lo bello, la voz de la conciencia.” (Redemptor Hominis, 18)

Y Juan Pablo II vuelve a citar al mismo santo dos décadas después al dirigirse a los artistas:

"La belleza es clave del misterio y llamada a lo trascendente. Es una invitación a gustar la vida y a soñar el futuro. Por eso la belleza de las cosas creadas no puede saciar del todo y suscita esa arcana nostalgia de Dios que un enamorado de la belleza como San Agustín ha sabido interpretar de manera inigualable: «¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé!” (Carta a los Artistas, 16)

Y nuevamente, en una encíclica que es reconocida como particularmente cercana a su corazón, el mismo pontífice escribió:

"El Apóstol (Hch 17, 26-27) pone de relieve una verdad que la Iglesia ha conservado siempre: en lo más profundo del corazón del hombre está el deseo y la nostalgia de Dios. Lo recuerda con énfasis también la liturgia del Viernes Santo cuando, invitando a orar por los que no creen, nos hace decir: « Dios todopoderoso y eterno, que creaste a todos los hombres para que te busquen, y cuando te encuentren, descansen en ti ». Existe, pues, un camino que el hombre, si quiere, puede recorrer; inicia con la capacidad de la razón de levantarse más allá de lo contingente para ir hacia lo infinito”. (Fides et Ratio, 24) 
“Así, en Jesucristo, que es la Verdad, la fe reconoce la llamada última dirigida a la humanidad para que pueda llevar a cabo lo que experimenta como deseo y nostalgia” (Ibid.,33)

Se considera con buenas razones que todos estos textos han sido escritos por la mano misma de Juan Pablo II, y respiran su espíritu tan característico. Para Wojtyla la nostalgia parece significar una profunda añoranza o ansia por la plenitud de la belleza, una poderosa moción del espíritu humano hacia la trascendencia divina, donde se entremezclan la inquietud, la memoria, la lucha por la totalidad, una tensión hacia lo infinito desde el mismo corazón de nuestra finitud. Todo esto, me parece, tiene una enorme implicancia en cómo pensamos y celebramos la sagrada liturgia.
En otro documento, que merecería ser mucho mejor conocido, La Via Pulchritudinis,Camino Privilegiado de Evangelización y de Diálogo, el Pontificio Consejo para la Cultura afirma con un lenguaje que tiene fuertes reminiscencias de Juan Pablo II:

"La vía de la belleza responde al íntimo deseo de felicidad que habita en el corazón de todos los hombres. Ella abre horizontes infinitos que empujan al ser humano a salir de sí mismo, de la rutina y del instante efímero que pasa, a abrirse a lo transcendente y al misterio, a desear como último fin de su deseo de felicidad y de su nostalgia absoluta, aquella Hermosura original que es Dios mismo, Creador de toda belleza creada”



¿Tiene el Cardenal Ratzinger, Papa Benedicto XVI algo más que agregar sobre esto?

El más contundente pasaje del que tengo noticia está en el famoso mensaje La Contemplación de la Belleza, enviado al “meeting” de Rimini de Comunión y Liberación, en Agosto de 2002:

"Sin duda, un inicio de comprensión de que la belleza tiene que ver con el dolor se encuentra también en el mundo griego. Pensemos por ejemplo en el Fedro de Platón. Platón considera el encuentro con la belleza como esa sacudida emotiva y saludable que permite al hombre salir de sí mismo, lo «entusiasma» atrayéndolo hacia otro distinto de él. El hombre -así dice Platón- ha perdido la perfección original concebida para él. Ahora busca perennemente la forma primigenia que le sane. Recuerdo y nostalgia lo inducen a la búsqueda, y la belleza lo arranca del acomodamiento cotidiano. Le hace sufrir. Podríamos decir, en sentido platónico, que el dardo de la nostalgia lo hiere y justamente de este modo le da alas y lo atrae hacia lo alto.
En el discurso de Aristófanes en el Banquete se afirma que los amantes desconocen lo que verdaderamente quieren el uno del otro. Por el contrario, resulta evidente que las almas de ambos están sedientas de algo distinto, que no es el placer amoroso. Sin embargo, el, alma no consigue expresar este algo distinto, «tiene sólo una vaga percepción de lo que realmente anhela y habla de ello como de un enigma».

En el siglo XIV, en el libro sobre la vida de Cristo del teólogo bizantino Nicolás Kabasilas, volvemos a encontrar esta experiencia de Platón, en la cual el objeto último de la nostalgia permanece sin nombre, aunque transformado por la nueva experiencia cristiana. Kabasilas afirma: «Hombres que llevan en sí un deseo tan poderoso que supera su naturaleza, y que desean y anhelan más de aquello a lo que el hombre puede aspirar, estos hombres han sido traspasados por el mismo Esposo; él misma ha enviado a sus ojos un rayo ardiente de su belleza. La profundidad de la herida revela ya cuál es el dardo, y la intensidad del deseo deja entrever Quién ha lanzado la flecha».


Este pasaje, junto a los otros citados, nos ayuda a ver que hay un positivo entendimiento acerca de la nostalgia que bien haríamos en tomar seriamente en nuestras reflexiones y en nuestras acciones, particularmente en relación con la sagrada liturgia y la experiencia vital que el hombre tiene de ella.

En base a esto, se puede distinguir entre una nostalgia superficial y sentimental, y otra que es existencial, espiritual, y está enraizada en el deseo del alma humana y en la añoranza por la inmortalidad, la trascendencia, la inefable paz, y que nos compele hacia la belleza con eros y pathos. La primera nos lleva a fijarnos en tristes recuerdos del pasado (cercana al lamento y la autocompasión), mientras que la segunda se caracteriza por una incansable búsqueda de la belleza absoluta del Amado, en la que incontables memorias particulares, experiencias y objetos servirán como símbolos. La nostalgia en el mal sentido es instática, atrapada en sí misma, mientras que la nostalgia en el sentido Wojtyliano-Ratzingeriano es extática, y nos arrebata de nosotros mismos.

Visto esto, quizás no deberíamos apresurarnos demasiado al decir que la nostalgia no tiene nada que ver con nuestro amor por la tradición litúrgica romana, y particularmente por el usus antiquor. En cambio, deberíamos insistir en la diferencia que existe entre una emotividad superficial y una profunda corriente espiritual, sutil, vital y poderosa en la que el alma humana es elevada hacia la Divinidad. De aquí que no necesitemos disculparnos por nuestras añoranzas litúrgicas y espirituales, sino por el contrario, regocijarnos en este regalo agridulce y paradójico de Dios, que nos recuerda que “aquí no tenemos ciudad permanente, sino que buscamos la futura” (Heb 13:14)

Mientras llegamos al fin de este año de Nuestro Señor, A.D. 2013, es muy natural echar una pensativa mirada hacia el tiempo que ha pasado y vislumbrar las sombras borrosas de un futuro incierto que sabemos que traerá tanto penas como alegrías. Y deberíamos  agradecer a Nuestro Señor por Su divina Misericordia que nos permite gustar de esa dulzura trascendente que hace palidecer todos los placeres mundanos, en una prefiguración de la bendición eterna que tanto añoramos, y de la que nuestra nostalgia es un punzante recordatorio.





Trad. J.

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