viernes, 14 de marzo de 2014
jueves, 6 de marzo de 2014
La respuesta del Cardenal Müller a Kasper
(NCR/InfoCatólica) Edward Pentin, del National
Catholic Register, pregunta sobre la admisión a la Eucaristía de los
divorciados vueltos a casar por lo civil al Prefecto de la Congregación
para la Doctrina de la Fe:
- Algunos están preocupados por los cambios que se llevarán a cabo respecto a la enseñanza de la Iglesia sobre los católicos divorciados y vueltos a casar. ¿Se puede asegurar a los fieles que los cambios serán de tipo más pastoral que doctrinal?
Respuesta del cardenal:

- Algunos están preocupados por los cambios que se llevarán a cabo respecto a la enseñanza de la Iglesia sobre los católicos divorciados y vueltos a casar. ¿Se puede asegurar a los fieles que los cambios serán de tipo más pastoral que doctrinal?
Respuesta del cardenal:
En primer lugar, estoy agradecido por el hecho de que su pregunta me dé la oportunidad para clarificar un punto importante. La idea de que la doctrina puede ser separada de la práctica pastoral de la Iglesia se ha convertido en habitual en algunos círculos. Esto no es ni ha sido nunca la fe católica. Los últimos papas se han esforzado por subrayar el carácter vital y personal de la fe católica. El Papa Francisco ha escrito «No me canso de repetir aquellas palabras de Benedicto XVI que nos llevan al centro mismo del Evangelio: `No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva»´(Evangelii Gaudium, 7). Dentro de esta relación personal con Cristo, que abarca nuestras mentes, nuestros corazones y la totalidad de nuestras vidas, podemos comprender la profunda unidad entre las doctrinas en las que creemos y la forma en la que vivimos nuestras vidas, o lo que podríamos llamar la realidad pastoral de nuestra vivencia personal. La oposición entre lo pastoral y lo doctrinal es simplemente una falsa dicotomía.
En segundo lugar, tenemos que tener mucho cuidado cuando hablamos de las enseñanzas de la Iglesia. Si por «cambio» uno quiere decir negar o rechazar lo que había anteriormente, eso sería un error. Preferiría hablar de «desarrollo» de las enseñanzas de la Iglesia. La Iglesia no se inventa por sí misma aquello que enseña. Las enseñanzas de la Iglesia están enraizadas en la persona de Cristo, en el misterio del Dios que se revela.
Puede que, con el paso del tiempo, la Iglesia llegue a un entendimiento más profundo de este misterio. También puede suceder que nuevas circunstancias en la historia de los hombres arrojen una luz concreta sobre las consecuencias de este misterio. Pero, debido a que está enraizada en el mismo misterio de Cristo, siembre hay una continuidad en lo que la Iglesia enseña.
En tercer lugar, refiriéndome específicamente a la cuestión de la admisión a la comunión eucarística de los divorciados vueltos a casar, me remito al artículo publicando en el L´Osservatore Romano. Sin embargo, me gustaría recordar algunos puntos que señalé entonces. Primero, la enseñanza de Cristo y su Iglesia es clara: un matrimonio sacramental es indisoluble. Segundo, las personas cuyo estado de vida contradice la indisolubilidad del matrimonio sacramental no pueden recibir la Eucaristía. Tercero, los pastores y las comunidades parroquiales están llamados a apoyar a los fieles que se encuentran en esa situación con «solícita caridad» (Familiaris Consortio 84).
La preocupación de la Iglesia por sus hijos que están divorciados y vueltos a casar no puede reducirse a la cuestión de la recepción de la Eucaristía, y estoy seguro de que la Iglesia, arraigada en la verdad y en el amor, descubrirá los caminos y planteamientos correctos de formas siempre nuevas.El cardenal advierte de la entrevista que, en relación a posibles cambios doctrinales, es necesario distinguir entra la realidad y la forma en que la misma es presentada por los medios de comunicación:
En particular, los medios seculares malinterpretan a menudo a la Iglesia. Desgraciadamente, laplican el modo de pensar del ámbito de la política a la Iglesia. Un líder político recién elegido puede cambiar o revocar la política de su partido. Eso no se aplica a un Papa. Cuando un Papa es elegido, su misión es ser fiel a las enseñanzas de la Iglesia y de Cristo. Puede encontrar modos nuevos y creativos de ser fie a esa enseñanzas, pero para el Papa, la realidad más profunda es la continua fidelidad a la persona de Cristo. Si los medios de comunicación ha creado expectativas erróneas, entonces estamos ante algo lamentable.Comentario:
miércoles, 5 de marzo de 2014
Miércoles de Ceniza
Bach - Julia Hamari - Matthäus Passion - Erbarme dich
Erbarme dich, mein Gott,
Um meiner Zähren willen;
Schaue hier,
Herz und Auge
Weint vor dir bitterlich.
Erbarme dich!
Ten piedad de mí, Dios mío,
advierte mi llanto.
Mira mi corazón
y mis ojos que lloran
amargamente ante Ti.
¡Ten piedad de mí!
Erbarme dich, mein Gott,
Um meiner Zähren willen;
Schaue hier,
Herz und Auge
Weint vor dir bitterlich.
Erbarme dich!
Ten piedad de mí, Dios mío,
advierte mi llanto.
Mira mi corazón
y mis ojos que lloran
amargamente ante Ti.
¡Ten piedad de mí!
lunes, 3 de marzo de 2014
Lo que Dios ha unido...y la Revolución Cultural del Cardenal Kasper
Continuando con la entrada anterior.
Traducido del texto en inglés de Rorate Caeli
Respuesta completa del Prof. Roberto de Mattei
a la presentación del cardenal Kasper al Consistorio
en la que debilita la indisolubilidad
del matrimonio católico
“La Doctrina no cambia, la novedad se refiere
exclusivamente a la praxis pastoral” Este ha sido el slogan que se viene
repitiendo desde hace un año. Por un lado, tranquiliza a los conservadores, que
todo lo miden en términos de fórmulas doctrinales; y por el otro lado alienta a
los progresistas que confieren poco valor a la doctrina y que todo lo confían a
la primacía de la praxis.
Un ejemplo shockeante de la
revolución cultural propuesta en nombre de la praxis es el que nos llega a
través del reporte dedicado a “El Evangelio y la familia” con el que el
cardenal Walter Kasper inauguró el trabajo del consistorio extraordinario para
la familia el 20 de Febrero. El texto fue definido por el Padre Lombardi como
“de gran sintonía con el pensamiento del Papa Francisco”, así que amerita una
evaluación en su totalidad también por esta razón.
El punto inicial del Cardenal
Kasper es la afirmación de que “se ha abierto un abismo entre la doctrina de la
Iglesia sobre el matrimonio y la familia, y las
convicciones de “vida real” de muchos cristianos”. El cardenal rechaza de todos
modos la formulación de un juicio negativo acerca de estas “convicciones”, que
son antitéticas con la Fe
cristiana, evadiendo la pregunta fundamental, que es ¿por qué existe este
abismo entre la doctrina de la
Iglesia y la filosofía de vida de tantos cristianos
contemporáneos? ¿Cuál es la naturaleza, cuáles serían las causas de este
proceso de disolución de la familia?
En ninguna parte de su reporte se
dice que la crisis de la familia es la consecuencia de un ataque programado
sobre ella, fruto de un mundo laicista que se le opone. Todo esto a pesar del
reciente documento sobre Educación Sexual de la OMS, la aprobación del Informe Lunacek por la Unión Europea, la legalización
de los “matrimonios” homosexuales, y la criminalización de la “homofobia” en
muchos Estados occidentales.
Pero nosotros nos seguimos preguntando: ¿Es posible en el año 2014 dedicarle 25 páginas al tema de la familia e ignorar la agresión objetiva a la cual la familia –y no solamente la familia cristiana-- está siendo sometida?
¿Cuáles pueden ser las razones
para este silencio, si no son una subordinación psicológica y cultural a los
poderes mundanos que promueven esta agresión sobre la familia?
En la parte fundamental de su discurso,
dedicada al problema de los divorciados vueltos a casar, el cardenal Kasper no
expresa ni siquiera una sola palabra de condena al divorcio y a sus desastrosas
consecuencias sobre la sociedad occidental. ¿No será que ha llegado el momento
de declarar claramente que la mayor parte de la crisis en la familia se
retrotrae a la introducción del divorcio y que todos los hechos demuestran que la Iglesia siempre tuvo razón
al combatirlo? ¿Quién debería decir
estas cosas si no es un Cardenal de la Santa
Iglesia de Roma? Pero el cardenal parece solamente interesado
en el “cambio de paradigma” que la situación de los divorciados nos presenta
hoy.
Casi como si anticipara objeciones inmediatas, el cardenal levanta la guardia y agrega que la Iglesia “no puede proponer soluciones contrarias a las Palabras de Jesús: La indisolubilidad de un matrimonio sacramental y la imposibilidad de un nuevo matrimonio durante la vida del otro cónyuge forman parte de la tradición de fe vinculante de la Iglesia, que no puede ser abandonada o disuelta basándose en una comprensión superficial de la misericordia a bajo precio”.
Pero inmediatamente, luego de establecer la necesidad de permanecer fieles a la Tradición, el cardenal Kasper avanza con dos propuestas devastadoras para evitar el Magisterio perenne de la Iglesia sobre cuestiones de familia y matrimonio.
Según el punto de vista de Kasper
el método a adoptar es el que sigue al Concilio Vaticano II en cuestiones de
ecumenismo o de libertad religiosa: cambiemos la doctrina sin mostrar que ha
sido modificada. “El Concilio ha abierto las puertas sin violar la tradición
dogmática vinculante” afirma él. ¿A qué cosa le ha abierto las puertas? A la
violación sistemática en los niveles de la praxis de todo aquello que es
vinculante según las aserciones de la tradición dogmática.
Como primera vía para frustrar la
Tradición, Kasper nos remite a la Exhortación
Apostólica Familiaris
Consortio, de Juan Pablo II donde se afirma que algunos divorciados vueltos
a casar “a veces están subjetivamente seguros en conciencia de que el
precedente matrimonio, irreparablemente destruido, no había sido nunca válido”
(84). Pero la Familiaris Consortio
especifica que la decisión acerca de la validez del matrimonio no puede dejarse
a la evaluación subjetiva de la persona, sino a los tribunales eclesiásticos
instituídos por la Iglesia
para defender el sacramento del matrimonio. Refiriéndose exactamente a estos tribunales es que el cardenal pega el golpe: “Al no ser estos “iure divino”, sino que se han desarrollado históricamente, a veces nos preguntamos si la vía judicial debe ser la única vía para resolver el problema o si no serían posible otros procedimientos más pastorales o espirituales.Como alternativa, se podría pensar que el obispo pueda confiar esta tarea a un sacerdote con experiencia espiritual y pastoral, como el penitenciario o el vicario episcopal”
La propuesta es explosiva. Los
tribunales eclesiásticos son el órgano al que se le confía el ejercicio de los
poderes jurisdiccionales de la Iglesia. Los
tres tribunales principales son la Penitenciaría
Apostólica, que juzga los casos de conciencia; la
Rota Romana, que recibe en apelación las
sentencias de cualquier otro tribunal eclesiástico, y la Signatura Apostólica,
que es el órgano superior de jurisdicción, similar a lo que sería la Cámara de Casación en los
tribunales italianos. Benedicto XIV en su famoso Dei Miseratione introdujo el principio de una doble y más
equitativa decisión judicial.
Esta práctica guarda la búsqueda
de la verdad objetiva, garantiza un juicio justo y demuestra la importancia que
la Iglesia le
atribuye al Sacramento del Matrimonio y a su indisolubilidad. La propuesta de
Kasper cuestiona el juicio objetivo del tribunal eclesiástico y lo substituye
por el de un sacerdote cualquiera que ya no está llamado a salvaguardar el bien
del matrimonio, sino a satisfacer las
necesidades de las conciencias individuales.
Volviendo a la reunión del 24 de Enero de 2014 en la que el Papa Francisco se dirigió a los oficiales del Tribunal de la Rota Romana:
donde el Papa Francisco afirma que la actividad judicial eclesiástica tiene profundas connotaciones pastorales, Kasper absorbe la dimensión judicial en la pastoral, afirmando la necesidad de una nueva “hermenéutica jurídica y pastoral”, capaz de ver a la “persona humana” detrás de cada caso. Y pregunta: "¿De veras es posible decidir sobre el bien o el mal de las personas en segunda y tercera instancia sólo sobre la base de actos, es decir, de documentos, sin conocer nunca a la persona y su situación?"
Estas palabras son ofensivas
hacia los tribunales eclesiásticos y hacia la misma Iglesia, en la que los
actos magisteriales y de gobierno se basan en documentos, declaraciones, actos
jurídicos y doctrinales, todos dirigidos a la “salus animarum”. Es muy fácil
imaginar cómo la anulación de matrimonios se diseminaría, introduciendo el
divorcio católico de facto si no por ley, con daños devastadores al bien del
hombre.
El cardenal Kasper parece darse
cuenta perfectamente de esto al agregar: “Sería equivocado buscar la solución
del problema sólo en una generosa ampliación del procedimiento de nulidad del
matrimonio” “Por lo tanto, debemos tomar en consideración también la cuestión
más difícil de la situación del matrimonio rato y consumado entre bautizados,
donde la comunión matrimonial se ha roto irremediablemente y donde uno o ambos
cónyuges han contraído un segundo matrimonio civil”.
En este punto Kasper cita la declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe de 1994, de acuerdo con la cual las personas divorciadas y vueltas a casar no pueden recibir la Comunion Sacramental pero sí la espiritual. Esta es una declaración en línea con la Tradición de la Iglesia, pero el cardenal avanza al hacerse esta pregunta:
“Quien recibe la comunión espiritual es una sola cosa con Jesucristo. […] ¿Por qué, entonces, no puede recibir también la Comunión Sacramental? Si excluímos de los Sacramentos a los cristianos divorciados y vueltos a casar. ¿No estaríamos tal vez poniendo en discusión la misma estructura sacramental de la Iglesia”
En este punto Kasper cita la declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe de 1994, de acuerdo con la cual las personas divorciadas y vueltas a casar no pueden recibir la Comunion Sacramental pero sí la espiritual. Esta es una declaración en línea con la Tradición de la Iglesia, pero el cardenal avanza al hacerse esta pregunta:
“Quien recibe la comunión espiritual es una sola cosa con Jesucristo. […] ¿Por qué, entonces, no puede recibir también la Comunión Sacramental? Si excluímos de los Sacramentos a los cristianos divorciados y vueltos a casar. ¿No estaríamos tal vez poniendo en discusión la misma estructura sacramental de la Iglesia”
En realidad no hay contradicción alguna en la milenaria praxis de la Iglesia. Los divorciados vueltos a casar no están dispensados de sus deberes religiosos. Como cristianos bautizados que son, están obligados a observar los mandamientos de Dios y de la Iglesia. Consecuentemente no tienen solamente el derecho de asistir a Misa, sino el deber de hacerlo, de observar los preceptos de la Iglesia y de educar a sus hijos como cristianos. Ellos no pueden recibir la Comunión porque están en pecado mortal, pero pueden hacer una comunión espiritual, porque aún si se encuentran a sí mismos en pecado grave, pueden rezar para obtener las gracias necesarias para salir del pecado. Pero parece que la palabra “pecado” no entra en el vocabulario del cardenal Kasper y no aparece ni una sola vez en su reporte al Consistorio. ¿Cómo sorprendernos entonces si, como el mismo Papa Francisco dijo el 31 de Enero “se ha perdido el sentido del pecado”?
La Iglesia primitiva, de
acuerdo con el cardenal Kasper, nos daría “una indicación que puede servir como
vía de salida” a lo que él define como “el dilema”. El
cardenal afirma que en los primeros siglos existía una praxis para algunos
cristianos, en la que aún siguiendo vivo su cónyuge, ellos podían contraer una
nueva relación luego de un período de penitencia.
“Orígenes, -nos dice Kasper- se refiere a este uso y lo considera “no irrazonable”. “También Basilio el Grande, Gregorio Nacianceno y algunos otros hacen referencia a él” “En la Iglesia latina, por medio de la autoridad de Agustín, esta práctica fue abandonada en favor de una práctica más severa. También Agustín, sin embargo, en un pasaje habla de pecado venial. No parece, por tanto, haber excluido completamente toda solución pastoral”
“Orígenes, -nos dice Kasper- se refiere a este uso y lo considera “no irrazonable”. “También Basilio el Grande, Gregorio Nacianceno y algunos otros hacen referencia a él” “En la Iglesia latina, por medio de la autoridad de Agustín, esta práctica fue abandonada en favor de una práctica más severa. También Agustín, sin embargo, en un pasaje habla de pecado venial. No parece, por tanto, haber excluido completamente toda solución pastoral”
Es una
pena que el cardenal no nos dé sus fuentes patrísticas, porque la realidad
histórica es completamente distinta de lo que él nos describe.
El P. George Joyce, en su estudio histórico-doctrinal sobre el Matrimonio Cristiano nos muestra que no se ha podido encontrar ningún decreto de ningún Concilio, ni ninguna declaración de ningún Padre de la Iglesia durante los primeros cinco siglos de la Era Cristiana, que sostenga la posibilidad de disolver el vínculo matrimonial.
El P. George Joyce, en su estudio histórico-doctrinal sobre el Matrimonio Cristiano nos muestra que no se ha podido encontrar ningún decreto de ningún Concilio, ni ninguna declaración de ningún Padre de la Iglesia durante los primeros cinco siglos de la Era Cristiana, que sostenga la posibilidad de disolver el vínculo matrimonial.
En el s. II, cuando Justino, Atenágoras,
Teófilo de Antioquía, mencionan la prohibición evangélica sobre el divorcio, no
dan ni una indicación acerca de excepciones. Clemente de Alejandría y
Tertuliano son más explícitos aún. Y Orígenes, aún cuando busca alguna
justificación para las prácticas adoptadas por ciertos Obispos, especifica que
las mismas contradicen la
Escritura y la
Tradición de la Iglesia.
Dos de los primeros Concilios, el de Elvira (306) y el de Arles (314), lo repiten con claridad. En todas partes del mundo, la Iglesia tenía la disolución del vínculo matrimonial como imposible y el divorcio con derecho a un segundo matrimonio como algo completamente desconocido.
Dos de los primeros Concilios, el de Elvira (306) y el de Arles (314), lo repiten con claridad. En todas partes del mundo, la Iglesia tenía la disolución del vínculo matrimonial como imposible y el divorcio con derecho a un segundo matrimonio como algo completamente desconocido.
De entre los Padres, fue san Agustín el que trató la cuestión de la indisolubilidad
extensivamente y en muchos de sus trabajos, desde De diversis
Quaestionibus (390) to De Coniugiis adulterinis (419). En ellos
refuta a los que protestan sobre la severidad de la Iglesia en su doctrina
sobre el Matrimonio y es incansablemente firme acerca de su indisolubilidad,
mostrando que una vez contraído no puede romperse por ninguna razón o
circunstancia que sea. A él le debemos la famosa enumeración de los tres bienes
del matrimonio: Proles, fides et sacramentum (hijos, fidelidad y sacramento).
Igualmente falsa es la tesis de
la supuesta dualidad entre las posiciones Latina y Oriental con respecto al
divorcio en los primeros siglos. No fue sino hasta después de Justiniano que la Iglesia Oriental
fue derivando hacia el cesaropapismo al adaptarse a las leyes bizantinas que
toleraban el divorcio, mientras que la Iglesia de Roma afirmaba afirmaba la verdad y la
independencia de su doctrina con respecto a las autoridades civiles.
Y con respecto a San Basilio invitamos al cardenal Kasper a leer sus cartas y encontrar en ellas un solo párrafo que autorice explícitamente un segundo matrimonio. Su pensamiento se resume en lo que escribió en Ethica: “No le es lícito a a un hombre repudiar a su mujer y tomar a otra en matrimonio. Tampoco le está permitido a un hombre casarse con una mujer que se haya divorciado de su esposo”
Y con respecto a San Basilio invitamos al cardenal Kasper a leer sus cartas y encontrar en ellas un solo párrafo que autorice explícitamente un segundo matrimonio. Su pensamiento se resume en lo que escribió en Ethica: “No le es lícito a a un hombre repudiar a su mujer y tomar a otra en matrimonio. Tampoco le está permitido a un hombre casarse con una mujer que se haya divorciado de su esposo”
Lo mismo puede decirse acerca del
otro autor citado por el cardenal, San Gregorio Nacianceno, que escribió con
prístina claridad: “el divorcio es absolutamente contrario a nuestras leyes,
aun cuando las leyes de Roma establezcan algo diferente” (Epistola 144, Patrologia Greca, vol. 37, col. 248).
La “práctica canónica penitencial”
que el cardenal Kasper propone como salida para su “dilema” tiene el
significado exactamente opuesto en
los primeros siglos al que él parece querer atribuírle. No se hacía para expiar
el primer matrimonio, sino para reparar el pecado del segundo, contraído bajo
la ley civil, que obviamente requería una expiación y el abandono de esta
situación pseudo-matrimonial.
El undécimo Concilio de Cartago (407), por ejemplo, emitió un decreto al respecto: “Decretamos, de acuerdo con la disciplina evangélica y apostólica, que la ley no permite ni a un hombre divorciado de su mujer, ni a una mujer repudiada por su marido, contraer nuevas nupcias; sino que estas personas deben permanecer solas, o reconciliarse mutuamente, y que si violan esta ley deben hacer penitencia” (Hefele-Leclercq, Histoire des Conciles, vol. II (I), p. 158).
El undécimo Concilio de Cartago (407), por ejemplo, emitió un decreto al respecto: “Decretamos, de acuerdo con la disciplina evangélica y apostólica, que la ley no permite ni a un hombre divorciado de su mujer, ni a una mujer repudiada por su marido, contraer nuevas nupcias; sino que estas personas deben permanecer solas, o reconciliarse mutuamente, y que si violan esta ley deben hacer penitencia” (Hefele-Leclercq, Histoire des Conciles, vol. II (I), p. 158).
La posición del cardenal deviene paradójica.
En vez de arrepentirse por la situación de pecado en que está, el cristiano
vuelto a casar debería arrepentirse de su primer matrimonio, o al menos de su
fracaso, del que quizás no tiene culpa alguna. Y más aún: una vez que la legitimidad de la cohabitación en segundas nupcias es
admitida, ya no queda ninguna razón lógica
que impida cualquier cohabitación prematrimonial, si esta es estable y sincera.
Así es como el Bien moral de carácter absoluto se desploma, tal cómo Juan Pablo
II nos repitió con gran fuerza en Veritatis
Splendor.
Pero el cardenal Kasper continúa impertérrito con su análisis:
“A un divorciado vuelto a casar: 1. si se arrepiente de su fracaso en el primer matrimonio, 2. si ha aclarado las obligaciones del primer matrimonio y si ha excluido de manera definitiva volver atrás, 3. si no puede abandonar sin otras culpas los compromisos asumidos con el nuevo matrimonio civil, 4. si se esfuerza en vivir al máximo de sus posibilidades el segundo matrimonio a partir de la fe y educar a sus hijos en la fe, 5. si desea los sacramentos como fuente de fuerza en su situación, ¿debemos o podemos negarle, después de un tiempo de nueva orientación, de "metanoia", el sacramento de la penitencia y después el de la comunión?”
El Cardenal Müller, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ya ha contestado estas
preguntas. (Testimonio
a favor de la fuerza de la gracia. Sobre la indisolubilidad del matrimonio y el
debate acerca de los divorciados vueltos a casar y los sacramentos ,
intervención de S.E. Mons. Gerhard Ludwig Müller ("L'Osservatore
Romano", 23 de octubre de 2013)) al referirse a la familiaris
Consortio nro 84, que ordena las precisas indicaciones de carácter pastoral,
coherentemente con la enseñanza dogmática de la Iglesia sobre el
matrimonio:
“En unión con el Sínodo exhorto vivamente a los pastores y a toda la comunidad de los fieles para que ayuden a los divorciados, procurando con solícita caridad que no se consideren separados de la Iglesia, pudiendo y aun debiendo, en cuanto bautizados, participar en su vida. Se les exhorte a escuchar la Palabra de Dios, a frecuentar el sacrificio de la Misa, a perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y las iniciativas de la comunidad en favor de la justicia, a educar a los hijos en la fe cristiana, a cultivar el espíritu y las obras de penitencia para implorar de este modo, día a día, la gracia de Dios. La Iglesia rece por ellos, los anime, se presente como madre misericordiosa y así los sostenga en la fe y en la esperanza. La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura reafirma su praxis de no admitir a la Comunión Eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía” Familiaris Consortio (84)
La
posición de la Iglesia
es inequívoca: se niega la
Comunión a los divorciados vueltos a casar porque el
matrimonio es indisoluble y ninguna de las razones presentadas por el
cardenal Kasper permite la celebración de un nuevo matrimonio o la bendición de
una pseudo unión matrimonial. La Iglesia no se lo permitió
a Enrique VIII, (y perdió el Reino de Inglaterra por esta razón) y jamás lo
permitirá, porque tal como Pío XII se lo recordó a los Párrocos de Roma el 16
de Marzo de 1946(*): "El matrimonio entre bautizados, contraído
validamente y consumado no puede ser
disuelto por ningún poder sobre la tierra, ni siquiera por la máxima autoridad
de la Iglesia".
Es decir, ni siquiera por el Papa, y mucho menos
por el cardenal Kasper.
Artículo original de Roberto de Mattei, Il Foglio, 1 de Marzo de 2014, suplemento
Vaticano Esclusivo, p. 4. Traducción para Rorate: Francesca Romana.
Publicado en inglés en Rorate Caeli, por New Catholic.
Traducido del inglés por J.
(*) Aquí esa alocución, y agregamos este discurso a la Rota Romana , del 3 de Octubre de 1941. (n
del t)
domingo, 2 de marzo de 2014
Tiempos Dramáticos para el dogma del Matrimonio Católico- Rorate Caeli
De Rorate Caeli
Vicente Carducho
Martirio por hambre de los monjes cartujos
en la prisión de Newgate
Vivimos tiempos drámaticos con respecto a la integridad del Dogma católico, los más dramáticos desde que en 1963-1966 la Pontificia Comisión de Estudios sobre el Control de la Natalidad dejó filtrar su visión favorable, dejando a Paulo VI contra las cuerdas, causa por la que su papado a duras penas hubo de sobrevivir luego de la la publicación del documento pontificio más desobedecido de toda la historia, Humanae Vitae.
Muchas han sido las veces desde el Concilio en que los enemigos de la verdad y del dogma han tratado de forzar el asunto de la Comunión a los divorciados vueltos a "casar". Un golpe durísimo dado en nombre de una falsa noción de la "misericordia" y con el objetivo de destruír la teología de dos de los Sacramentos más fundamentales, el Matrimonio y la Penitencia, y degradar al más alto de todos, la Sagrada Eucaristía.
No les importa en lo más mínimo que todo esto ya se haya definido clarísimamente a lo largo de la historia de la Iglesia. No les importa que el mismísimo Papa al que ahora llaman "Santo, Santo" haya explicado sin fisuras en Familiaris Consortio, luego de un Sínodo, por qué no podía ser:
e) Divorciados casados de nuevo
84. (...) La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura reafirma su práxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio.
La reconciliación en el sacramento de la penitencia —que les abriría el camino al sacramento eucarístico— puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación, «asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos»
Del mismo modo el respeto debido al sacramento del matrimonio, a los mismos esposos y sus familiares, así como a la comunidad de los fieles, prohíbe a todo pastor —por cualquier motivo o pretexto incluso pastoral— efectuar ceremonias de cualquier tipo para los divorciados que vuelven a casarse. En efecto, tales ceremonias podrían dar la impresión de que se celebran nuevas nupcias sacramentalmente válidas y como consecuencia inducirían a error sobre la indisolubilidad del matrimonio válidamente contraído.
Actuando de este modo, la Iglesia profesa la propia fidelidad a Cristo y a su verdad; al mismo tiempo se comporta con espíritu materno hacia estos hijos suyos, especialmente hacia aquellos que inculpablemente han sido abandonados por su cónyuge legítimo.
La Iglesia está firmemente convencida de que también quienes se han alejado del mandato del Señor y viven en tal situación pueden obtener de Dios la gracia de la conversión y de la salvación si perseveran en la oración, en la penitencia y en la caridad.
Tampoco les importa que ese mismo Papa al redactar el Catecismo de la Iglesia Católica (1650) haya sostenido lo mismo que la Iglesia sostuvo durante 2000 años:
1650 Hoy son numerosos en muchos países los católicos que recurren al divorcio según las leyes civiles y que contraen también civilmente una nueva unión. La Iglesia mantiene, por fidelidad a la palabra de Jesucristo ("Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio": Mc 10,11-12), que no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el primer matrimonio. Si los divorciados se vuelven a casar civilmente, se ponen en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios. Por lo cual no pueden acceder a la comunión eucarística mientras persista esta situación, y por la misma razón no pueden ejercer ciertas responsabilidades eclesiales. La reconciliación mediante el sacramento de la penitencia no puede ser concedida más que aquellos que se arrepientan de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo y que se comprometan a vivir en total continencia.
No les importa que si después de haber forzado la cuestión una vez más en el Sínodo sobre la Eucaristía de 2005, Benedicto XVI les diera un golpe final al recordarles y confirmar que
"la praxis de la Iglesia, fundada en la Sagrada Escritura (cf. Mc 10,2-12), de no admitir a los sacramentos a los divorciados casados de nuevo, porque su estado y su condición de vida contradicen objetivamente esa unión de amor entre Cristo y la Iglesia que se significa y se actualiza en la Eucaristía" (Sacramentum Caritatis, 29)
El cardenal Kasper ha sido convocado por el actual Papa como único orador en las reuniones pre-consistoriales donde con el fin de introducir esta práctica revolucionaria y destructiva del dogma, utilizó una vez más el argumento de la "misericordia", y una supuesta "práctica antigua", (que la Iglesia de Roma jamás aceptó), incluyendo una "bendición" al segundo matrimonio que no tendría carácter sacramental, sino un sentido "penitencial", aunque con todos los beneficios de un matrimonio legítimo.
El Vaticano no publicó este documento anti-magisterial que fué leído por Kasper al Papa y al resto de los cardenales. Así que finalmente fue el diario italiano Il Foglio el que resolvió el misterio, publicando el documento en su totalidad (aquí, en italiano.)
En la última página, el Prof. Roberto de Mattei (***) nos ofrece un largo análisis de la grave situación y nos recuerda que, según dijo P. Lombardi, vocero oficial del Papa, este se encuentra en "gran sintonía" con Kasper*:
La posición de la Iglesia es inequívoca: se niega la Comunión a los divorciados vueltos a casar porque el matrimonio es indisoluble y ninguna de las razones presentadas por el cardenal Kasper permite la celebración de un nuevo matrimonio o la bendición de una pseudo unión matrimonial. La Iglesia no se lo permitió a Enrique VIII, y perdió el Reino de Inglaterra por esta razón, y jamás lo permitirá, porque tal como Pío XII se lo recordó a los Párrocos de Roma el 16 de Marzo de 1946(**): "El matrimonio entre bautizados, contraído validamente y consumado no puede ser disuelto por ningún poder sobre la tierra, ni siquiera por la máxima autoridad de la Iglesia". Es decir, ni siquiera por el Papa, y mucho menos por el cardenal Kasper.
Que los santos John Fisher y Thomas More, y los santos mártires Cartujos, que no dieron su vida en vano por la indisolubilidad del Matrimonio y todas sus consecuencias sacramentales, y por la suprema autoridad del Romano Pontífice, rueguen por la Iglesia de Cristo en estos días extremadamente dramáticos para que su Roca permanezca firme e inamovible.
(*) Los comentarios del Papa sobre el documento:“Ayer por la noche volví a leer -¡pero no para dormirme!- el trabajo del cardenal Kasper, y querría darle las gracias porque encontré teología profunda y pensamiento sereno. Es agradable leer teología serena”
“Me ha hecho bien, y me ha traído a la cabeza una idea… Perdóneme si le sonrojo, pero la idea es esta: esto se llama hacer teología de rodillas. Gracias, gracias”. (n del t)
(**) No hemos podido encontrar esa alocución, pero sí éste discurso a la Rota Romana , del 3 de Octubre de 1941. (n del t)
Trad. (apurada) de J.
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